Tamara en Bugatti verde.

Una perfecta armonía entre la mujer y el objeto, la una ataviada con la firma de un gran modista, el otro con la marca de su constructor y su diseñador. Normalmente tiene lugar un cambio de papeles entre los dos elementos de este cuadro: la mujer se convierte en objeto en nuestra sociedad basada en la posesión, mientras que el automóvil aparece como una proyección del poder viril que lo ha engendrado. El simbolismo que se oculta tras ello se impone de una manera abierta: al posar su mano sobre el capó, bajo el que 400CV esperan únicamente ser encendidos, la mujer -grácil aparición en un traje chic de los veinte- manifiesta en cierto modo su sumisión a una fuerza que encuentra una de sus expresiones originarias en el ímpetu de la maquina.
Una interpretación tal -especialmente en el caso de Tamara- pasa por alto que el automóvil también representa un símbolo de la emancipación de la mujer. La maquina esta sujeta a la voluntad de su dueña, que puede someterla a sus deseos, forzarla a una potencia delirante, convertirla en su docil esclava. Para una Tamara de Lempicka es de mas natural transformar el simbolo de la fuerza, representado por el motor del coche, de tal modo que finalmente sirva a sus propios propósitos.